una suerte de repaso
junio cuatro, dos mil cinco: madrid, es decir, una noche en el parnaso con vicki (el parnaso, ese bar vagón de tren lleno de antigüedades, expreso de oriente en la calle moratín y desamparados); es decir, una tarde con martín (hevia) caminando sin rumbo, escuchando un programa de fútbol en una plaza vacía en la radio, escuchando un programa de rock en el retiro; toda una noche en lo de gabi, tomando mate y fumando porro hasta las seis de la mañana, y a las siete y media partir para segovia, una excursión con los estudiantes, antiguos castillos y catedrales, y un almuerzo con cochinillo, el plato típico, y los hombres contando chistes de vascos, catalanes y gallegos durante toda la comida, comida de profesores, yo más acorde como siempre a la sensibilidad femenina, más cerca de las profesoras, siempre a punto de enamorarme; madrid, es decir, la primera noche yendo ya de bar en bar, manzanilla, cañas o algún finito; el correo de la plaza de cibeles; el viaje en metro con martín a carabanchel, para conocer el barrio del candy caramelo, en una suerte de homenaje a él, al niño definido como perfecto y a dedos rotos broken fingers, todos amigos de andrelo y por eso amigos nuestros (un homanaje también a lau, y a su gusto por andrelo que también es mío, o una manera de tenerla cerca); vicki, alito, gabi, maga, martín y julia, la profesora de historia del arte; y yo, entre el dos mil uno y el dos mil cinco, no sabiendo bien dónde pararme; madrid, es decir, hablar por teléfono con chloe y contarle del sentimiento de venganza de los elefantes, un afecto de la sensitiva, y contarle de ese elefante que recibiera por la cabeza un coco lanzado por un hombre y que tomara el coco con su trompa y lo guardara en su boca durante un tiempo, algunos años, hasta encontrarse de nuevo con el mismo hombre, momento en el que le devolvió el cocazo con puntería cierta; y chloe contándome de los barcos, los veleros, que le gustaría construir en el sur del bronx con esos chicos tan distintos a los chicos de nyu que están acá en madrid, hasta que mi celular se quedara sin crédito; madrid, hablar con javi, y quedar para el próximo fin de semana ir a visitarle, playa, mejillones, san sebastián; gabi yéndose a mallorca y pensar en ir a visitarla o en ir a marruecos; los días que duran hasta las diez de la noche, quiero decir, la luz del día que dura hasta esa hora; madrid, es decir, el burladero, la venencia, viva madrid, el candela, ese otro bar donde trabajaba vicki del cual no recuerdo el nombre (el cardamomo), y el parnaso, siempre el parnaso, como cuando iba con lu, pero sin ella (cómo la extraño, cómo extraño esos días extrañándola a ella); madrid, y después londres, con jime, y ojalá fer formara parte de todo esto (y su amenaza de venir se haga visita) y también lau, juli, andrés y sol, también luciana, por supuesto; personas, o simplemente nombres, que escribo como invocando fantasmas que sabemos ausentes; madrid, es decir, toda una noche escuchando boleros, como ciento veinte boleros, con alito, gabi y vicki, la misma noche del mate y los porros; madrid, es decir, hoy, este diario, y después buenos aires, y nueva york, y después quién sabe.
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