las puertas del odio
¿cómo no odiar a los americanos? recién estaba en el descanso de la escalera de mi edificio, tomando un café y fumando un cigarrillo, y en eso sube una pareja muy moderna. los saludo, como a cualquier vecino. los dos me miran como si alguien hubiese puesto una cosa desagradable (yo, en este caso) en su camino al departamento. no esbozan ni una sonrisa, no dicen nada. supongo que si hubiese sido un perro hubiesen encontrado mi presencia un poco más simpática. la chica sólo atina a taparse la boca con unos papeles que traía y, unos escalones más arriba, tose un poco, para dejar en claro su protesta. como son muy tolerantes, no me dicen nada respecto a que estoy fumando. tampoco comentan mi presencia entre ellos delante mío, por lo que me doy cuenta que me consideran una persona y no una cosa. lo hacen después, cuando yo ya no estoy delante de ellos. de todos modos, el silencio y el ignorarme es peor que cualquier comentario. (...) sí, ya sé, no son todos iguales, pero en este momento los odio a todos por igual.
por suerte ahora me encuentro con patricia, mi amiga portorriqueña, en el central park. vamos a ver una instalación de christo y jeanne claude. parece que llenaron el central park con siete mil quinientas puertas naranjas. la instalación más grande de la ciudad ever. son esas cosas que te reconcilian con nueva york.
por suerte ahora me encuentro con patricia, mi amiga portorriqueña, en el central park. vamos a ver una instalación de christo y jeanne claude. parece que llenaron el central park con siete mil quinientas puertas naranjas. la instalación más grande de la ciudad ever. son esas cosas que te reconcilian con nueva york.
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